Pornografía y sexo guay
Hard-core porno...
Sí, que venga Pete el Negro y nos parta en dos con su verga monumental y negra como la noche, morada de negra, pulsante de venas azules, y gritemos ándale, ándale, ándale, arriando así la fantasía del mástil delincuente.
No seamos cínic@s: tod@s hemos visto pornografía en Internet. La web nos atrapa en su tela pegajosa e idiotizante, navegamos en los sargazos del semen y otros fluidos, ahogándonos con tanta boca abierta, la de las chicas que se tragan el falo monstruoso 12 inches and more; la nuestra, babosa, que intenta el sortilegio de los espejos mientras el sistema computacional cae irremisiblemente. Esta araña calentona devora machos y hembras por igual, teje su red ilimitada y mastica lentamente y con fruición la materia gris de sus víctimas. En los porno-chats es indispensable tener webcam. Yo quise chatear sin el aparatito y fui expulsada de la sala por un español guarro que me mandó a joder por el culo. Tan escatológicos estos ibéricos, aprenderán del mismo Quijote, imagino.
Sin embargo, el hard-core porno en Internet ya no es tan duro; al contrario, es blando y barroco. No hay sorpresa en ese carnaval de cuerpos lubricados, pronto nos acostumbramos a esas imágenes, abrimos página tras página buscando otros cuerpos, otros placeres, perdiéndonos en el laberinto virtual de tetas, culos y lenguas de vaca. Este voyeurismo se convierte en tristeza. Frente a la pantalla nos tocamos y no encontramos nada, nuestros órganos son pequeñas protuberancias, tan distintos a esos otros órganos hiperdesarrollados, siliconeados y encerrados en la cárcel fotográfica. Nos tocamos, digo, gimiendo un ay bajito para que no se escuche, rápido para que no nos vea nadie. Pero nuestro reflejo queda en la pantalla del computador, enlazado a todas las imágenes explosivas, delirantes y repetidas. Queda como un link más del antierotismo.
Todas las mujeres quisiéramos una gran patria que nos dejara mirando al sudeste, todas ensoñamos a Pete el Negro, ese personaje de nuestras revistas de infancia. En la maldad está el placer, en el racismo oculto. Sí, que venga Pete el Negro y nos parta en dos con su verga monumental y negra como la noche, morada de negra, pulsante de venas azules, y gritemos ándale, ándale, ándale, arriando así la fantasía del mástil delincuente. Pero la historieta ya desapareció, junto con “Sussy, secretos del corazón” y “El pingüino”. ¿Dónde están nuestros referentes?, ¿tendremos que conformarnos con el hard-core porno?, ¿seguir navegando por ese concierto de orgasmos mudos, por tanto hoyo desencarnado por la misma carne?
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